Una reflexión sobre la teoría política de Antonio García-Trevijano, la representación y el
papel del ciudadano
El despertar no consiste en cambiar de partido
Hay algo profundamente extraño en nuestra relación con la política.
En la ficción, casi siempre sabemos de qué lado estamos.
En Los juegos del hambre, comprendemos rápidamente la posición de Katniss frente al
poder del Capitolio. En Matrix, acompañamos a Neo cuando descubre que la realidad en
la que vivía no era exactamente lo que creía y decide enfrentarse al sistema que la
sostiene. En innumerables películas, novelas y series, la estructura narrativa nos coloca
ante una situación sencilla: existe un poder establecido, existen individuos sometidos a
ese poder y existe alguien que, después de despertar, decide dejar de ser un
espectador.
El espectador suele empatizar con quien se rebela.
Curiosamente, cuando abandonamos la ficción y entramos en la política real, esa
identificación desaparece.
Entonces el ciudadano puede convertirse en defensor apasionado de una de las
organizaciones que compiten por ocupar el poder del Estado.
Puede discutir durante horas sobre cuál de ellas es la buena y cuál es la mala. Puede justificar los errores de su
partido y exagerar los del contrario.
Puede cambiar de opinión sobre una medida dependiendo de quién la haya aprobado.
Y puede llegar a contemplar la política como quien contempla un partido de fútbol.
«Los míos contra los tuyos».
Aquí aparece una de las preguntas centrales que planteó Antonio García-Trevijano: ¿y si
el ciudadano estuviera mirando el problema político desde el lugar equivocado?
El despertar no consiste en cambiar de partido
La aportación fundamental de Trevijano no consistía simplemente en decirle al
ciudadano que votara a otro partido.
Su crítica iba dirigida a algo mucho más profundo: la propia estructura del poder.
Trevijano distinguía entre la existencia de libertades civiles y la existencia de libertad
política.
Para él, una sociedad podía disfrutar de determinados derechos y libertades y,
sin embargo, carecer de mecanismos suficientes para que los ciudadanos controlasen
efectivamente a quienes ejercen el poder.
Su concepto de democracia formal descansaba especialmente en dos pilares:
representación política y separación de poderes.
En su propuesta de República
Constitucional, además, el poder ejecutivo debía recibir una legitimidad electoral propia
y los representantes debían mantener una relación directa con sus electores.
Ese planteamiento permite formular una pregunta incómoda:
¿Quién representa realmente al ciudadano?
No «¿qué partido te gusta?».
No «¿quién dice defender tus intereses?».
Sino: ¿qué mecanismo permite al ciudadano controlar a la persona que ejerce el poder
en su nombre?
La pregunta cambia completamente el debate.
El ciudadano frente al Estado de partidos
Trevijano describió el sistema político español como un Estado de partidos y sostuvo
que los partidos estatales habían ocupado una posición central en la relación entre
sociedad y Estado.
En su teoría, el problema no se solucionaba sustituyendo una
organización partidista por otra, porque el problema estaba en las reglas que
estructuraban el poder.
Esta es una de las claves para entender su pensamiento.
Desde esta perspectiva, izquierda y derecha dejan de ser la pregunta principal.
La cuestión previa sería otra:
¿Puede el ciudadano controlar realmente al poder?
La legislación española establece que los partidos políticos son instrumentos
fundamentales de participación política y reconoce su papel dentro del sistema
constitucional.
Al mismo tiempo, la legislación vigente contempla financiación pública
para los partidos con representación parlamentaria, además de diversas fuentes
privadas de financiación.
Esto no demuestra por sí mismo la tesis de Trevijano. Pero sí permite comprender por
qué la financiación pública de los partidos ocupaba un lugar importante en su crítica:
para él, la incorporación de los partidos al Estado alteraba la relación entre
representantes y representados.
Ahí está el punto que merece ser estudiado.
No se trata de preguntar quién es «el partido bueno».
Se trata de preguntarse qué incentivos produce el sistema.
La ficción nos enseña una cosa que la política real nos
hace olvidar
Volvamos a Matrix.
Neo despierta.
Pero imaginemos que, después de despertar, Neo tuviera que elegir entre cinco
partidos que administran Matrix.
El Partido Azul promete cambiar Matrix.
El Partido Rojo promete reformarla. El Partido
Verde promete hacerla más justa.
El Partido Amarillo afirma que los anteriores son unos
corruptos. Y millones de habitantes de Matrix pasan el día discutiendo cuál de ellos
representa mejor a la humanidad.
Neo podría pasarse toda la vida discutiendo sobre los programas electorales sin
plantearse la cuestión fundamental:
¿Quién controla Matrix?
Esta es precisamente la utilidad de la metáfora.
Una persona puede cambiar de opinión política constantemente y, sin embargo, no
haber cambiado nunca su concepción del poder.
Puede pasar de un partido a otro. Puede votar izquierda, derecha, centro o abstenerse.
Puede cambiar de candidato.
Pero seguir sin preguntarse cómo se seleccionan los
representantes, quién los controla, cómo se separan los poderes y qué instrumentos
tiene el ciudadano para exigir responsabilidades.
Para Trevijano, esos mecanismos constituían el núcleo del problema político.
Su propuesta de República Constitucional planteaba circunscripciones uninominales,
elección directa del poder ejecutivo y separación de poderes, junto con mecanismos de
responsabilidad política del representante ante sus electores.
El espejo
Aquí aparece el verdadero significado de «tú eres el héroe de tu historia».
El héroe no es el candidato.
El héroe no es el líder del partido.
El héroe no es el presidente.
Ni siquiera es el político que promete salvarte.
El protagonista eres tú.
Y esto cambia la psicología política.
Porque mientras esperas que aparezca un salvador, permaneces como espectador.
Esperas que alguien arregle la justicia. Esperas que alguien reforme la ley electoral.
Esperas que alguien acabe con la corrupción. Esperas que alguien devuelva la
representación a los ciudadanos.
Esperas.
Y mientras esperas, otros ejercen el poder.
La concepción de Trevijano invita precisamente a invertir esa relación: comenzar por
comprender las reglas del poder antes de decidir qué hacer políticamente.
El problema de elegir a un salvador
La política moderna ha desarrollado una enorme capacidad para personalizar los
conflictos.
Todo acaba teniendo rostro.
Un presidente.
Un líder de la oposición.
Un candidato.
Un portavoz.
Un tertuliano.
Una persona se convierte en el símbolo de todo aquello que esperamos y otra en el
símbolo de todo aquello que rechazamos.
Entonces dejamos de analizar instituciones y comenzamos a analizar personas.
Pero una democracia no puede depender exclusivamente de que encontremos
personas buenas.
Una arquitectura política debe funcionar también cuando gobiernan personas con las
que no estamos de acuerdo.
Por eso la cuestión institucional es más profunda que la cuestión partidista.
¿Qué ocurre si mañana gobierna exactamente la persona que menos te
gusta?
¿Qué controles existen? ¿Qué independencia tienen los poderes? ¿Quién elige a quién?
¿Quién responde ante quién? ¿Qué puede hacer el ciudadano si el representante
incumple aquello que esperaba de él?
Estas son preguntas institucionales, no partidistas.
¿Qué significa representación?
Una de las críticas centrales de Trevijano se dirigía contra la identificación entre
representación política y simple elección de listas partidistas.
En su teoría, representar no significaba simplemente que un ciudadano depositara una
papeleta y desapareciera políticamente durante cuatro años.
La representación exigía una relación política más concreta entre representante y
representados.
Por eso defendió las circunscripciones uninominales y la posibilidad de control y
revocación del representante.
En su modelo, el elector debería saber quién es su
representante concreto y poder exigirle responsabilidad política.
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con esta propuesta.
Pero la pregunta que plantea sigue siendo perfectamente comprensible:
Cuando votas, ¿estás eligiendo realmente a una persona que te
representa o estás escogiendo entre organizaciones que presentan listas?
Responderla exige conocer cómo funciona el sistema electoral real, no solamente
repetir consignas.
Y después está la separación de poderes
Otra de las obsesiones intelectuales de Trevijano fue la separación de poderes.
Para él, no bastaba con que existieran instituciones llamadas Parlamento, Gobierno y
tribunales.
La cuestión era si los poderes estaban realmente separados en su origen y podían
controlarse mutuamente.
En su modelo, el ejecutivo y el legislativo tendrían legitimidades electorales
diferenciadas, mientras que la independencia judicial constituiría una garantía frente a
la concentración del poder.
De nuevo, podemos abandonar por un momento la discusión partidista.
¿Quién controla al que gobierna?
Y después:
¿Quién controla al que controla al que gobierna?
Una democracia constitucional necesita respuestas institucionales a estas preguntas.
El despertar es incómodo
Quizá por eso despertar políticamente resulte tan difícil.
Porque despertar no significa descubrir que «los otros» estaban equivocados.
A veces significa descubrir que nuestras propias certezas eran insuficientes.
Que hemos confundido al partido con la democracia.
Que hemos confundido las elecciones con la representación.
Que hemos confundido la existencia de libertades con el control efectivo del poder.
Que hemos convertido al líder político en protagonista de nuestra propia historia.
Y, sobre todo, que hemos delegado nuestra responsabilidad intelectual.
Es mucho más cómodo pensar: «Mi partido solucionará esto».
Mucho más difícil es decir: «Voy a estudiar cómo funciona el sistema».
Estudiar antes de elegir
El verdadero despertar político no debería comenzar preguntando:
«¿A quién tengo que votar?»
Debería comenzar preguntando:
«¿Cómo funciona aquello que estoy votando?»
¿Qué es una democracia? ¿Qué diferencia existe entre democracia y Estado de
partidos? ¿Qué significa representación política? ¿Cómo funciona el sistema electoral?
¿Qué significa separación de poderes? ¿Qué significa independencia judicial? ¿Cómo se
financian los partidos? ¿Qué competencias tiene cada institución? ¿Qué mecanismos de
control tiene el ciudadano?
¿Qué diferencias existen entre una democracia parlamentaria, un presidencialismo y el
modelo de República Constitucional propuesto por Trevijano?
Y, finalmente:
¿Qué parte de todo esto está documentada y qué parte pertenece a una
determinada interpretación política?
Esta última pregunta también es importante.
Porque despertar no significa sustituir una obediencia por otra.
No consiste en abandonar un dogma para adoptar otro.
Consiste en adquirir herramientas para pensar.
Tú eres el héroe de tu historia
En Los juegos del hambre, el espectador no quiere ser un espectador.
En Matrix, el espectador desea que Neo despierte.
Pero la política real tiene una diferencia fundamental con la ficción:
no existe un guionista que vaya a escribir nuestro final.
No hay una escena final en la que aparezca el héroe para resolverlo todo. No hay una
pastilla mágica que proporcione conocimiento político. No existe un candidato capaz de
sustituir la responsabilidad ciudadana.
Por eso la idea más radical que puede extraerse de la filosofía política de
García-Trevijano no es «vota a este» ni «apoya a aquel».
Es mucho más exigente:
conoce el poder.
Conoce las instituciones.
Conoce las reglas electorales.
Conoce la Constitución.
Conoce las formas de representación. Estudia la separación de poderes. Estudia la financiación
de los partidos. Lee a quienes defienden el sistema y a quienes lo critican. Y después
decide por ti mismo.
Porque si toda nuestra actividad política consiste en esperar que aparezca un salvador,
seguiremos siendo espectadores de nuestra propia historia.
El ciudadano que estudia deja de mirar únicamente quién ocupa el escenario.
Empieza a preguntarse quién construyó el escenario.
Quién escribió las reglas.
Quién puede modificarlas.
Quién controla a quién.
Y, sobre todo, qué mecanismos permiten que el ciudadano deje de ser simplemente el
destinatario del poder para convertirse en sujeto político.
Ese es el verdadero sentido de la metáfora.
Tú eres el héroe de tu historia.
No porque tengas que seguir a un nuevo líder. No porque tengas que sustituir un
partido por otro. Sino porque nadie puede estudiar, comprender y ejercer tu propia
libertad política en tu lugar.
Nota sobre el enfoque
Este artículo presenta las principales ideas mencionadas como parte de la teoría
política de Antonio García-Trevijano y distingue esas tesis de los hechos jurídicos o
institucionales que pueden comprobarse independientemente. El propósito es invitar al
lector a estudiar las instituciones y formarse su propio criterio político.