Reforma o revolución

Poca gente discute la legitimidad de nuestras exigencias, pues hay poca gente que tenga el valor de manifestarse en público en contra de la idea del poder popular. Pueden cuestionar su conveniencia o su supuesta naturaleza utópica, pero no su legitimidad. Sin embargo, lo que más a menudo se nos reprocha es la vía que proponemos para alcanzar nuestros objetivos.

Parece difícil de concebir, sobre todo para los propagandistas de los partidos, una ruptura absoluta con el régimen, es decir, una revolución. Afirman ver con buenos ojos nuestras metas, pero ven como única vía realista la acción mediante un partido del Estado. Naturalmente, saben que con un partido no se puede alcanzar la libertad política; por eso nos proponen esa vía alternativa. En un régimen donde el poder se concentra de forma oligárquica en los partidos políticos, pedirles a los mismos titulares de la soberanía que entreguen el poder al pueblo y a sus representantes es como pedirles que se arrojen desde una ventana: no lo harán jamás. La única vía para conquistar la libertad es la coordinación de la nación mediante una organización civil revolucionaria, tal como la Junta Democrática de España.

Otros podrían sostener que dichas organizaciones deberían presionar a la clase política para que esta implementara reformas en ciertos artículos de la Constitución, coaccionada por la sociedad civil. Quienes proponen estas cosas es porque temen una verdadera revolución. Nada bueno puede salir del actual papelucho que algunos llaman Constitución, por muchos artículos que se reformen. Si de verdad pretendemos traer a España una verdadera Constitución que establezca un sistema de gobierno libre, debemos centrarnos en la única vía posible: la revolución y la ruptura.

Para construir un edificio nuevo, primero hay que derribar el anterior, porque, de lo contrario, estaremos hablando de repararlo, quitando ciertas partes, agregando otras y limpiando el resto. ¡Pero cómo vamos a reformar esta casa cuando la madera está podrida, las vigas corroídas, los cimientos son inestables y el edificio entero está repleto de cientos de insectos que la parasitan! Es necesario que el régimen del 78 sea destruido hasta los cimientos, de manera que nada pueda entorpecer el avance de la futura república constitucional.

La reforma no solo es una peor alternativa que la revolución: es absolutamente incompatible con nuestros postulados. La Constitución debe ser elaborada por el conjunto de la nación, tal como afirma el artículo IX de nuestro manifiesto. La reforma de la actual «Constitución» no es otra cosa que poner un parche que frene el problema, pero no nos llevará de forma definitiva a la libertad política, pues, si bien se habrá cortado la mala hierba, la semilla seguirá plantada y podrá volver a dar frutos en el futuro. Mediante la revolución tendremos la oportunidad de comenzar de nuevo: de destruir todos los vestigios del actual régimen y de borrar todas sus injusticias.

Todo reformista, es decir, toda persona que propugna los fines de la revolución pero rechaza los métodos revolucionarios, no hace otra cosa que valerse de nuestro discurso con el fin de satisfacer sus intereses particulares o de salvar al régimen, sin el verdadero propósito de conducir al pueblo a la conquista del poder del Estado. La reforma y la revolución no son simplemente dos métodos distintos: la reforma es enemiga de la revolución. La reforma es la última herramienta que tiene el poder establecido para, en una situación de caída inminente, evitar el triunfo de la revolución accediendo a realizar ciertos cambios.

Como revolucionarios, debemos señalar a los reformistas, a aquellos políticos que hablan de querer cambiar el sistema electoral, de querer acabar con la corrupción o que pretenden, según ellos, cambiar artículos de la Constitución. ¡No son más que oportunistas mentirosos! Debemos mantenernos firmes ante ellos, no hacer concesiones, porque la libertad política no acepta matices ni se negocia. En cierto momento, muchos pueden verse tentados por la reforma, pero recordemos que no supone ningún cambio real, pues la propia naturaleza humana impide que el sistema pueda cambiarse desde dentro. Si, ante todas las adversidades, seguimos firmemente en el camino de la revolución, no me cabe ninguna duda de que, llegado el momento, la crítica situación que se cierne sobre nosotros y la inminente crisis del régimen harán inevitable nuestro triunfo.

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