En la Junta Democrática hay gente que viene de diferentes vertientes políticas y también personas que nunca habían estado relacionadas con la política. Evidentemente, todos tenemos un punto ideológico. Si lo acotamos a las opciones que el régimen del 78 nos ha dado, hablamos de izquierda y de derecha.
Pero aquí está una de las cuestiones fundamentales: dentro del régimen del 78 solo podemos utilizar ideologías, porque dentro de este sistema no se pueden aplicar realmente los intereses de los ciudadanos como se aplicarían en una democracia.
Tengo compañeros que históricamente han votado a la derecha, pasando por sus diferentes ramas y terminando, por ejemplo, en Vox. Y exactamente lo mismo ocurre con compañeros que han pasado por las diferentes ramas de la izquierda y han terminado en Podemos.
Y, sin embargo, estamos juntos.
¿Por qué?
Porque hemos entendido que el problema no es que unos sean de izquierdas y otros de derechas. El problema es que no tenemos las reglas democráticas que permitan que esas diferentes posiciones políticas puedan llevarse a cabo de verdad.
Pensemos en algo tan sencillo como el fútbol.
Para jugar al fútbol necesitas once jugadores, un campo con unas medidas determinadas y unas reglas específicas. Necesitas un árbitro y necesitas que los dos equipos acepten esas reglas.
Si sacas una pelota a la puerta de tu casa y te pones a jugar con ella, estás jugando con una pelota, pero no estás jugando al fútbol. Puedes hacer muchas cosas con esa pelota, pero si no existen el campo, las reglas y las condiciones necesarias, no puedes decir que estás practicando el fútbol.
Con la democracia ocurre exactamente lo mismo.
Desde Junta Democrática queremos que la gente deje de confundir la democracia con el sistema oligárquico y partitocrático que tenemos en España. España no tiene una democracia representativa plena; tiene un sistema de partidos que se presenta como democracia.
Nosotros queremos que España se convierta en una democracia. Queremos construir las reglas que permitan que podamos jugar.
Y por eso estamos unidos personas que podemos tener ideologías completamente diferentes. Podemos ser de izquierdas, de derechas o incluso no identificarnos con ninguna de esas etiquetas. Pero hemos entendido algo fundamental: dentro de este sistema no podemos aplicar realmente aquello en lo que creemos.
El régimen del 78 vende sus propias ideologías. Nos ofrece diferentes opciones a las que podemos adscribirnos, pero el problema es que ninguna de ellas puede solucionar de raíz las necesidades reales de los ciudadanos si las reglas del sistema no permiten que esos ciudadanos tengan una verdadera representación política.
Por eso decimos:
Somos de izquierdas y de derechas, pero el régimen del 78 no nos va a permitir serlo en la forma en la que nosotros entendemos que debemos serlo.
Si queremos que alguien de izquierdas pueda aplicar políticas de izquierdas y que alguien de derechas pueda aplicar políticas de derechas, primero tenemos que construir el sistema que permita que eso sea posible.
Y para ello necesitamos democracia.
Necesitamos separación de poderes, representación política e independencia judicial. Necesitamos unas reglas que sean iguales para todos y que no dependan de quién tenga el control de las instituciones.
Primero las reglas, después la ideología
Aquí es donde podemos entender mejor qué significa realmente separar la representación de las necesidades de los ciudadanos de la elección de una determinada ideología.
En una democracia deberíamos poder elegir, en unas elecciones, *a nuestro representante, la persona que vaya a ejercer el poder legislativo y que tenga la responsabilidad de redactar las leyes que todos vamos a cumplir.
Esas leyes deberían representar nuestras necesidades como ciudadanos. Es decir, el poder legislativo tendría que estar formado por representantes elegidos directamente por los ciudadanos para elaborar las reglas por las que vamos a vivir.
Y, en otras elecciones, deberíamos poder elegir con nombre y apellidos al presidente del Gobierno.
Ahí es donde podríamos elegir nuestra ideología.
Podríamos escoger a la persona que consideramos que mejor representa nuestra manera de entender cómo debe gobernarse el país, cómo debe gestionarse y qué políticas debe desarrollar.
Pero ese presidente tendría que estar limitado por las leyes aprobadas por el poder legislativo.
Volviendo al ejemplo del fútbol, primero elegimos las reglas y después elegimos al entrenador.
El poder legislativo establece las reglas del juego. El presidente del Gobierno es quien dirige el equipo dentro de esas reglas.
Así, una persona de izquierdas podría elegir a un presidente de izquierdas y una persona de derechas podría elegir a un presidente de derechas. Pero ninguno de los dos podría utilizar el poder para cambiar las reglas en su propio beneficio, porque las reglas no dependerían del Gobierno.
Y aquí está una de las grandes diferencias con lo que tenemos actualmente.
Ahora, el partido o los partidos que forman el Gobierno pueden tener al mismo tiempo la mayoría legislativa y utilizar esa mayoría para aprobar las leyes que después ellos mismos tienen que aplicar.
De esta manera, quien gobierna tiene una enorme capacidad para controlar las reglas del juego y, al mismo tiempo, jugar el partido.
Es como si en un partido de fútbol uno de los equipos pudiera elegir al árbitro, redactar las reglas, modificarlas durante el partido y después utilizar esas mismas reglas en su beneficio.
Eso no es un sistema de separación de poderes.
Por eso necesitamos que los poderes estén realmente separados.
El ciudadano debería poder elegir directamente a su representante legislativo para que defienda y redacte las leyes que responden a las necesidades de los ciudadanos. Y debería poder elegir, en otra elección, al presidente del Gobierno que considere que mejor representa su ideología.
De esta forma, las necesidades de los ciudadanos estarían por encima de la ideología del Gobierno.
La ideología tendría que desarrollarse dentro de las reglas que los ciudadanos, a través de sus representantes, hubieran establecido.
Volvamos al fútbol.
Primero tenemos que construir el estadio. Tenemos que poner el campo, establecer las reglas y tener un árbitro independiente que haga cumplir esas reglas. Después pueden salir dos equipos al terreno de juego: uno de izquierdas y otro de derechas.
Los dos equipos tendrán que respetar las mismas reglas.
Y entonces sí podremos elegir cómo queremos jugar.
Podremos elegir al entrenador que queremos para nuestro equipo. Podremos decidir qué estrategia queremos utilizar. Podremos jugar de una manera o de otra.
Pero primero necesitamos tener un campo en el que jugar y unas reglas que todos tengamos que cumplir.
Eso es, en buena medida, lo que estamos planteando desde Junta Democrática.
Porque para poder ser algo necesitas desenvolverte en un entorno en el que puedas llevar a cabo aquello que eres.
Una persona puede tener una determinada ideología, pero si el sistema político no le permite estar verdaderamente representada ni aplicar sus intereses, esa ideología queda reducida a una elección entre opciones que el propio sistema ha establecido.
Hemos escuchado muchas veces aquello de que «quien diga que no es de izquierdas ni de derechas es de derechas».
Pues bien, nosotros podemos decirlo claramente:
En Junta Democrática somos de izquierdas y somos de derechas.
Y queremos poder sentirnos representados.
Queremos que una persona de izquierdas pueda sentirse representada cuando vote a la izquierda y que una persona de derechas pueda sentirse representada cuando vote a la derecha. Queremos que las diferentes posiciones políticas puedan competir en igualdad de condiciones dentro de unas reglas democráticas.
Porque la democracia no consiste en obligarnos a pensar lo mismo.
La democracia consiste precisamente en poder pensar diferente y tener un sistema que permita que esas diferencias políticas puedan expresarse, organizarse y ser representadas.
Por eso nuestra unión no nace de que todos pensemos igual.
Nace de algo anterior.
Nos une la necesidad de construir las condiciones que permitan que cada uno pueda defender aquello en lo que cree.
Hasta que no acabemos con el régimen del 78 y construyamos una verdadera democracia, no podremos desarrollar plenamente nuestras diferentes posiciones políticas.
Por eso, hoy, somos ciudadanos unidos por una misma causa:
la libertad política colectiva.
Y cuando hayamos construido la democracia, cuando tengamos el campo, las reglas y el árbitro, entonces podremos entrar al terreno de juego y decidir cómo queremos jugar.
Ahí sí podremos ser, de verdad, de izquierdas y de derechas.