Después de más de tres décadas dedicadas a la investigación y la recopilación de material bibliográfico de toda índole, Fernando Gómez ha publicado, a través del Movimiento Ciudadano por la República Constitucional (MCRC), su archivo sobre Antonio García-Trevijano[1]. Tener acceso a esta información supone una gran ventaja para todos los que estamos interesados en la vida y la obra del pensador granadino y facilita enormemente la elaboración de productos audiovisuales, investigaciones académicas y debates en torno a ella, por lo que considero recomendable visitarla.
Hoy, sin embargo, me referiré al texto de presentación con el que Gómez acompaña su archivo, que puede encontrarse en la sección «Puesta en marcha» de la página web. Este extenso texto combina la divulgación científica, la crítica filosófica y la prosa poética habitual de su autor[2], y gira en torno a una tesis central: que existe una relación profunda entre el conocimiento de la realidad política que se deriva de la obra de García-Trevijano y el conocimiento de la realidad biológica que aportan las investigaciones de la bióloga Lynn Margulis.
Antes de entrar en el análisis, conviene aclarar que el objetivo de este artículo no es discutir si la obra de García-Trevijano y la de Margulis guardan o no alguna relación interesante. Puede que la guarden. Lo que me interesa señalar es algo de mayor alcance: la idea de fondo que anima el texto de Gómez, que es la de construir un proyecto de naturalización de la ciencia política, es decir, apoyar el conocimiento de la realidad política en el conocimiento de la realidad natural que nos ofrecen las ciencias fácticas. Ese proyecto me parece no solo legítimo sino necesario, y de hecho es una dirección que comparto y que he defendido con vehemencia dentro y fuera del MCRC. Pero, precisamente porque lo comparto, creo que vale la pena discutir con rigor cómo debe hacerse, qué errores hay que evitar y qué condiciones tiene que cumplir un argumento que quiera tender ese puente sin caer en trampas lógicas que lo debiliten antes de que pueda sostenerse. La publicación de este archivo es una estupenda oportunidad para ello.
Para entender por qué esto importa, conviene detenerse un momento en qué es el naturalismo filosófico. De manera resumida, el naturalismo es una corriente de la filosofía que sostiene que los problemas filosóficos deben abordarse tomando como base el conocimiento científico, de manera que la ciencia y la filosofía son disciplinas con fines y metodologías lo suficientemente similares como para estar llamadas a colaborar entre sí[3]. La filosofía hecha de espaldas al conocimiento científico está condenada a la especulación; la ciencia hecha de espaldas a la crítica filosófica pierde capacidad explicativa.
Dentro de esta corriente, se suele denominar proyecto de naturalización al desarrollo de teorías, métodos y conceptos que permitan incorporar el conocimiento científico a una rama de la filosofía o a un problema filosófico concreto. Los ejemplos son numerosos. La Ética según el orden geométrico de Spinoza pretende naturalizar la ética mediante el método deductivo de las matemáticas. En el terreno más directamente político, Hobbes intentó algo similar en el Leviatán: partiendo de lo que consideraba hechos verificables sobre la naturaleza humana —el miedo a la muerte, el afán de poder, la vulnerabilidad compartida de todos los hombres— construyó una teoría del Estado y la soberanía que aspiraba a tener la solidez de una demostración científica. Lo que tienen en común estos proyectos es que son explícitos: dicen qué conocimiento científico incorporan, cómo lo incorporan y qué justifica el paso de ese conocimiento a una conclusión filosófica o política. Su objetivo, en definitiva, es aportar claridad, rigor e intersubjetividad, es decir, la capacidad de una explicación de poder ser aceptada con buen juicio por cualquiera, al margen de sus creencias o intenciones particulares.
El texto de Gómez sostiene, en esencia, que la biología de Margulis y la política de Trevijano convergen en un mismo principio: la lealtad. Según esta lectura, la naturaleza no opera mediante la competencia que el darwinismo social atribuyó a la selección natural, sino mediante la cooperación simbiótica entre organismos distintos, una cooperación que Gómez identifica con la lealtad que Trevijano, por su parte, sitúa en la base de la libertad colectiva y de la supervivencia de las especies sociales. La conclusión implícita es que la biología contemporánea no solo no contradice la visión política de Trevijano sino que la confirma: que existe en la naturaleza un principio universal del que la teoría política republicana sería, en cierto modo, la expresión humana.
Esta tesis se apoya fundamentalmente en dos recursos. El primero es la yuxtaposición de citas: fragmentos de Trevijano sobre la lealtad aparecen intercalados entre explicaciones de procesos biológicos como la endosimbiosis o la formación de comunidades bacterianas, de manera que el lector percibe una continuidad entre ambos registros aunque nunca se argumente explícitamente en qué consiste esa continuidad. El segundo recurso es el uso de la palabra «lealtad» como si fuera un concepto científico con contenido preciso, cuando en realidad funciona en el texto como una metáfora que viaja libremente entre la biología y la política sin pagar el peaje conceptual que ese viaje exige.
Una bacteria que termina fusionada con otra hasta convertirse en mitocondria no es leal en ningún sentido inmediatamente equiparable a la lealtad humana. Podría argumentarse que existe algo así como una lealtad mecánica o involuntaria: una tendencia de los sistemas naturales a perseverar en relaciones que los sostienen, una especie de fidelidad estructural a lo que son. No es una idea descabellada, y tiene una larga tradición filosófica detrás. Pero precisamente por eso merece un desarrollo explícito: si la lealtad que opera en la endosimbiosis y la lealtad que Trevijano sitúa en la base de la libertad colectiva son la misma cosa, o dos expresiones de un principio común, hay que argumentar en qué consiste ese principio, en qué se parecen y en qué se diferencian sus manifestaciones biológica y política. Llamar «lealtad» a ambas sin ese desarrollo no es un hallazgo sino una sugerencia, y el texto la presenta como si fuera lo primero.
Lo que acabamos de describir tiene un nombre técnico en filosofía: la falacia naturalista. Consiste en derivar un «debe» de un «es», es decir, extraer una conclusión normativa —cómo deben organizarse los seres humanos, qué principios deben regir la vida política— de una descripción de hechos naturales, sin el argumento intermedio que justifique por qué lo que vale para las células debería valer también para las asambleas. El texto de Gómez comete ese salto, y lo hace de un modo especialmente llamativo porque contiene, sin saberlo, las herramientas para evitarlo. Cita a Margulis advirtiendo que palabras como «cooperación» no deben usarse para describir procesos naturales porque «pueden hacernos asumir una relación que no existe», y unas páginas después aplica exactamente ese procedimiento con la palabra «lealtad». Y lo que es más significativo: es el mismo error que el texto le reprocha con razón al darwinismo social. Spencer naturalizó la competencia para justificar el laissez-faire; aquí se naturaliza la cooperación celular para fundamentar la libertad colectiva republicana. La estructura lógica del error es idéntica en ambos casos. Solo cambia a qué causa sirve.
Señalar esto no es, sin embargo, un argumento contra el proyecto de fondo. Al contrario: defiendo firmemente que el acercamiento entre la filosofía de García-Trevijano y las ciencias fácticas es un proyecto de vital importancia para la trascendencia intelectual de la causa de la república constitucional en España, y que el propio García-Trevijano ya apunta en esa dirección, de manera más o menos explícita, en su obra. Lo que aquí se sostiene es únicamente que ese proyecto debe emprenderse con rigor metodológico y no como un ejercicio poético de encontrar símiles y metáforas entre términos científicos y filosóficos. Esa pregunta —cómo hacerlo bien, y qué potencial encierra la obra de García-Trevijano para proporcionar explicaciones rigurosas sobre fenómenos políticos— será el tema de mi intervención en el I Congreso Libertad Política Colectiva este mes de octubre.
Seguir al autor en X: @JaviValenzuela
[1] Archivo Antonio García-Trevijano: https://antoniogarciatrevijano.info
[2] Pueden consultarse otros textos de Fernando Gómez en el Diario RC: https://diariorc.com/author/fernandogomez/
[3] Para una introducción al naturalismo filosófico, véase W.V.O. Quine, «Epistemología naturalizada», en La relatividad ontológica y otros ensayos, Tecnos, 1974.
PD: Agradezco a Fernando Gómez su buena disposición a compartir sus reflexiones en varias conversaciones mantenidas conmigo a lo largo de los últimos meses. Este artículo no pretende ser una crítica destructiva de su texto, sino una expresión de inquietudes nacidas del interés por el rigor filosófico y científico, y no de ningún tipo de autoridad académica. La filosofía de la ciencia, la biología y la obra de García-Trevijano son campos de estudio complejos, y lo normal es incurrir en algún tipo de error o imprecisión al abordarlos. Agradeceré cualquier puntualización sobre el contenido de este artículo planteada desde el respeto y el interés sincero por aclarar estas complicadas cuestiones.