La retórica republicana

La anterior generación de repúblicos, la que estuvo al lado de don Antonio, acostumbra aún a denominar al objetivo que perseguimos como República Constitucional, así como a denominar repúblico a todo aquel que lo persigue. Esto mismo es lo que hizo Trevijano en vida. La nueva generación de repúblicos, la mayoría de ellos integrados en la Junta Democrática y que han llegado a conocer las ideas políticas de Trevijano a través de la labor divulgativa de Rubén Gisbert, acostumbra, en cambio, a hablar en todo momento de democracia, así como a denominarse formaldemócratas.

Ninguno de los dos grupos está estrictamente equivocado, ya que nosotros buscamos un sistema de gobierno democrático que se plasme en la República Constitucional, por lo que somos, en realidad, tan demócratas como repúblicos. Sin embargo, parece evidente que el cambio realizado en el discurso público y en nuestra forma de presentarnos al mundo hace aproximadamente seis o siete años no ha hecho más que reducir el impacto que potencialmente habrían podido llegar a tener nuestras ideas en aquel momento en que el terreno era tan fértil para ellas.

Puedo entender la razón de esto, pues la república es un elemento profundamente ideologizado por parte de algunas facciones del régimen y no se quería ser confundido con estas. Sin embargo, hay razones más que suficientes para dejar de dar tanta importancia, en nuestro discurso dirigido a los españoles, a la democracia y devolvérsela a la República.

  1. En primer lugar, las condiciones materiales y el contexto político han cambiado, y el rechazo hacia la monarquía borbónica se ha expandido a casi todos los espectros ideológicos. Tanto la «izquierda» radical como la derecha reaccionaria o «conservadora» arremeten contra ella. Únicamente los partidos del centro, los partidos del consenso, la defienden. Por no hablar de que, según las encuestas, la población española es mayoritariamente contraria a la monarquía.
  2. En segundo lugar, la omisión de la República en nuestro discurso hace más ligera y menos evidente nuestra oposición a la monarquía apátrida que se alza en torno a la dinastía de los Borbones. Existe cierta esperanza de incorporar a nuestras filas a «monárquicos democráticos», pero la verdad es que no hay un defensor de la actual monarquía que no sea, a su vez, defensor del régimen, por lo que dicha ambivalencia no beneficia en nada al movimiento.
  3. En tercer lugar, debe buscarse, en todo momento, la máxima fidelidad y coherencia con el pensamiento y la obra escrita de Antonio García-Trevijano, algo que es prácticamente imposible si se pretende prescindir del elemento principal sobre el cual gira su pensamiento, que son tanto la Libertad Política Colectiva como la República Constitucional.
  4. En cuarto lugar, debemos tener en cuenta el impacto movilizador que puede tener el término democracia en el contexto de la acción política. La democracia, además de ser el término más tergiversado, más ideologizado y más difícil de recuperar por nuestra parte, es un elemento que para el pueblo ya está presente en sus vidas, y les resulta muy difícil asimilar que no es así. De este modo, cuando centramos el discurso en la democracia, la gente se confunde, no entiende lo que se critica ni lo que se busca. En cambio, la gente tiene, aun con toda la confusión que pueda haber al respecto, mucho más claro lo que es la República y tiene claro que es algo inexistente en la España actual.

Llegamos a la conclusión de que, empleando el término democracia, ya hemos llegado todo lo lejos que podríamos haber llegado; pero, si de verdad queremos tener la capacidad de persuadir y movilizar a más gente, así como ser fieles al pensamiento y al ideal republicano del movimiento fundado por Antonio García-Trevijano, debemos recuperar, con todo lo que ello implica, el discurso de la República.

Seguir al autor en X: @UrkijoAritz