En 1808, la Junta de Gobierno que ocupaba el poder en ausencia de Fernando VII y Carlos IV actuaba de forma deliberadamente pasiva para facilitar la ocupación francesa de la península, pues consideraba inútil entablar cualquier tipo de disputa con Napoleón. El pueblo estaba indignado ante el ultraje y deseaba levantarse contra el invasor, sin saber que los monarcas ya lo habían traicionado en Bayona y que las autoridades monárquicas trabajaban, en parte, en beneficio del enemigo.
Fue entonces cuando el pueblo hizo gala de un inconmensurable valor, protagonizando una de las mayores hazañas nacionales de la historia. En contra de las directrices y órdenes de las autoridades militares españolas, salió con gran ímpetu a defender Madrid de la ocupación extranjera.
En estos momentos, vemos impasibles cómo miles de marroquíes penetran nuestras fronteras, siendo utilizados por su gobierno, que pretende arrebatarnos Ceuta y Melilla. Ante esta situación, la clase política española, tan traidora como siempre, se ha negado a adoptar las medidas oportunas —por no decir extremadamente necesarias—, como la declaración del estado de sitio y el despliegue inmediato del Ejército en Ceuta, además de las correspondientes acciones diplomáticas.
La imagen es catastrófica: los militares españoles, sin poder moverse, contemplan pasivamente la maniobra de la monarquía alauita, a causa de la cual siguen entrando libremente en Ceuta decenas de miles de extranjeros, sin que ningún militar haga el más mínimo esfuerzo por detener esa locura. Naturalmente, no son ellos quienes han tomado esa decisión.
Señores, no solo tenemos en contra a nuestro país limítrofe del sur, apoyado, a su vez, por Estados Unidos e Israel, sino que nuestro propio Gobierno, así como la oposición parlamentaria, trabajan activamente contra los intereses nacionales. El pueblo se enfrenta a una situación catastrófica en la que no tiene aliados, sino únicamente enemigos. Es su deber enfrentarse a todos ellos y derrotarlos, porque el pueblo existe en sí y para sí, y su mayor propósito debe ser su propia conservación.
Temo, desgraciadamente, que ya todo el pescado esté vendido, tal como el Gobierno de Sagasta vendió Cuba y Filipinas a Estados Unidos en el 98. En tal caso, que esto sirva al menos al pueblo como prueba de que su mayor enemigo se encuentra dentro y de que, si quiere tener un porvenir, debe enfrentarse a él urgentemente.
Si queremos algún futuro como país, debemos de actuar con la misma dignidad con la que se actuó aquel 2 de mayo de 1808 en Madrid, con la patriótica y revolucionaria conciencia de que el pueblo puede defender a su país aún en contra de su propio Estado. España necesita una revolución pacífica que instaure definitivamente la República Constitucional.