El 14 de julio de 2026

El 14 de julio de 2026, la selección española se enfrentó a Francia en la semifinal del campeonato mundial de fútbol con la victoria del equipo español frente al francés. Pero independientemente del resultado de dicho juego, que indudablemente tuvo a todos los medios de comunicación y a gran parte de la ciudadanía pendientes, hay algo que seguirá pendiente también, ajeno a todos ellos, o al menos a la mayoría. Algo que lleva pendiente desde hace más de 200 años y que precisamente se conmemora cada 14 de julio; algo que, a pesar de considerarse el mito fundacional de la democracia europea, lo que hizo, en realidad, fue abortar la posibilidad de una democracia política en Europa. Algo que para bien y para mal debemos a Francia tanto como el pase a la final.

Tenemos en mente la imagen de un triunfo absoluto, pero no deportivo sino de la victoria de la libertad europea frente a la tiranía. Del pueblo llano derribando las inmensas puertas del absolutismo. Estoy hablando, por supuesto, de la toma de la Bastilla: evento simbólico fundacional de la Revolución francesa y día nacional del país galo. Un evento en el que un supuesto pueblo oprimido, buscando armas y sediento de libertad, asedió y derribó esta fortaleza inexpugnable. La toma violenta de una cárcel en la que había, en realidad, tan solo siete prisioneros, ninguno de los cuales era un gran preso político. Una cárcel casi vacía, la cabeza de cuyo director se paseó en una pica por París sin ninguna dirección ni efecto político real más que atemorizar tanto al rey como a la propia Asamblea Nacional —que redactaba entonces la Declaración de los Derechos del Hombre, ajena a todo aquello—, cuyo mito “hazañesco” se exageró hasta lo inverosímil.

La toma de la Bastilla fue como la semifinal de un mundial un detonante emocional masivo, sin duda alguna, pero en lugar de generar ilusión lo que generó lo que creó fue lo que los historiadores conocen como «el Gran Miedo»: una ola de pánico brutal en las zonas rurales que obligó a la aristocracia a renunciar precipitadamente a sus privilegios feudales, basándose en una opinión pública previa, reformista e ilustrada, contraria a sus privilegios, pero que en absoluto logró la libertad política, sino que a medio plazo abocó a Francia a la primera «dictadura republicana moderna» y, finalmente, a una nueva etapa imperial de la mano de Napoleón Bonaparte, con un poder absoluto bajo su mando con el que el mismo Rey Sol solo habría podido soñar.

El 14 de julio no instauró ninguna estructura democrática ni reglas de juego nuevas. Simplemente generó un terror que la Asamblea Constituyente y la Corona intentaron apaciguar consagrando el evento para domesticar a las masas y calmar las aguas, entronizando en la mente de la opinión pública la revolución antes de que se hubiera dado ningún cambio real en la estructura del Estado. De forma similar a como consagró el Ayuntamiento de Madrid las críticas al Gobierno y al sistema político con una placa decorativa en honor al movimiento del 15M en la plaza de Sol, que las propias instituciones se encargaron de cooptar neutralizando los objetivos de su manifiesto que denunciaban la falta de una “democracia real” en dichas instituciones.

Algo muy simbólico, desde luego. Pero los símbolos no siempre son fieles a la realidad. Al igual que destruir lo viejo no es lo mismo que saber construir lo nuevo. ¿Y si la llamada democracia heredada de la Revolución francesa fue diseñada en su misma raíz para evitar que el ciudadano de a pie tuviera poder real, sino que fue solo eso, algo simbólico?

Nos gusta creer que los sistemas políticos que hoy rigen nuestras vidas nacieron de un diseño meticuloso, impecable y, sobre todo, guiado por las más nobles intenciones. Pero cuando rascamos un poco la pintura de ese cuadro histórico de Delacroix o de Jacques-Louis David, lo que aparece debajo es un lienzo muchísimo más turbio y, desde luego, caótico. Porque la Revolución real no estuvo en ese 14 de julio, sino dos años después, con la creación de la mentira de Estado por el paternalista bien de la ciudadanía. Con el nacimiento de la gran mentira de la política europea.

Fue el 15 de julio, y no así el 14, de 1791 cuando tuvo lugar la primera pieza de fake news de la historia de Europa: tras dos años de monarquía constitucional, unicameralismo y veto suspensivo del rey, habiendo firmado la declaración de derechos y bajo una presión insoportable, el monarca Luis XVI, sintiéndose prisionero en su propio país, decide intentar escapar de Francia a Austria disfrazado, y es detenido en Varennes, cerca de la frontera. La evidencia física y política de que el monarca estaba huyendo, dando la espalda a la revolución para, probablemente, buscar ayuda militar extranjera, era innegable. Todo el mundo lo sabía. Y, sin embargo, la Asamblea Constituyente toma una decisión absolutamente deliberada e insólita: semanas después aprueba un decreto mintiendo oficialmente al pueblo. Dictamina por ley que el rey no había huido, sino que había sido secuestrado.

En el supuesto nacimiento de la transparencia, de la luz, de la Ilustración frente al oscurantismo monárquico, ¡dictaminan un secuestro falso para proteger su proyecto de establecer una monarquía constitucional moderada que se iba a pique esa misma tarde! Un auténtico gol por la escuadra al pueblo francés. Algo similar a lo que ocurrió con el consenso que la opinión publicada expresaría con respecto al «monarca salvador» del 23 de febrero de 1981, frente a la verdad de un golpe de Estado orquestado con su conocimiento, o el supuesto pacifismo ejemplar de la Transición española por miedo a las consecuencias del conocimiento público de la verdad. Se utilizó entonces la ley para consagrar una verdad oficial y una opinión legal opuesta a la verdad de los hechos y a la opinión legítima. Se traicionó así el mandato representativo: la supuesta representación del pueblo que la asamblea ejercía. Y en ese momento nació una opinión popular que, consciente de tamaña farsa, reclama la destitución del rey y la república como oposición a la opinión institucional o voz pública.

Este fue el comienzo de una verdadera Revolución: la del pueblo contra sus representantes políticos debido a una mentira que destruyó el mismo orden que pretendía conservar. El nacimiento de una opinión pública radicalizada, autónoma y republicana, que reclamaba la legitimidad sobre la legalidad. En ese vacío de poder medró la polarización y la lucha entre jacobinos y girondinos y se reemplazó al implacable dragón de una cabeza de la monarquía absoluta por la sanguinaria hidra del absolutismo republicano: la idea de que un pueblo representado por una Asamblea Nacional con el poder absoluto arrebatado a un monarca no podía tiranizarse a sí mismo, que acabó en un baño de sangre de entorno a 20.000 “ciudadanos” guillotinados. Así pues, la voluntad general indivisible de Rousseau y la emoción sustituyeron a la razón universal, dando lugar al miedo y, finalmente, a las ondas revolucionarias que escindieron a los jacobinos, que asaltaron las Tullerías y cortaron la cabeza al rey. Y finalmente, liquidando a los girondinos, hebertistas y dantonistas, dio lugar a una dictadura del terror protagonizada por el Comité de Salud (Salvación) Pública como alternativa a la constitución de Condorcet y a la verdadera democracia.

El 15 de julio comenzó una revolución por la igualdad, un concepto social de la democracia encarnada por una dictadura republicana que exigía, en nombre del pueblo, el sacrificio de la libertad y de la legalidad; es decir, de la democracia política. La arbitrariedad del poder monárquico absolutista volvió con la arbitrariedad de la dictadura jacobina, donde la censura revocó de nuevo la libertad de prensa y la guillotina reemplazó a la ley. En palabras de Saint-Just: «una constitución carecía de la violencia necesaria para reprimir a los enemigos de la libertad» y en palabras de Robespierre «el terror, como emanación de la virtud, no era más que la aplicación rápida, severa e inflexible de la justicia».

Los historiadores de estos eventos tergiversaron el relato en una batalla ideológica en el siglo XX con interpretaciones marxistas como la de Georges Lefebvre y revisionistas como Alfred Cobban o François Furet que hablaban o bien de una revolución política e ideológica,o bien de una revolución económica del modo producción feudal. Sin embargo, habían sido los historiadores del siglo XIX como Guizot o Michelet quienes crearon una leyenda dorada interesada de la revolución para justificar el sistema político de su momento, el parlamentarismo oligárquico de notables, convirtiendo a la evolución de este con los partidos de masas ( que se consolidó en los llamados Estados de partidos) en una forma de representación revolucionaria y democrática, sin haber tenido en cuenta los aportes de la revolución americana —que resultados tan distintos tuvo a la francesa. Los franceses no tuvieron en cuenta el miedo fundamentado de la democracia americana, como demostró la comuna de la Revolución francesa, a la «tiranía de la mayoría» sobre la que Madison escribía en sus ensayos de El Federalista y de la que la comuna revolucionaria francesa fue buena prueba. Esto hizo que en Europa el parlamentarismo, el cual carece de separación de poderes de origen entre el ejecutivo y el legislativo, y el término democracia se confundieran con el mero sufragio universal.

La respuesta contrarrevolucionaria de la violencia de la revolución francesa cristalizó en una constitución y en un directorio oligárquico que instituyó libertades civiles (como las obtenidas en la noche del 4 de agosto que consagraría después el Código Civil napoleónico) sin libertades políticas (que darían lugar al imperio cesarista del corso) y que fundamentan a día de hoy el parlamentarismo europeo. Esto ha dado en Europa una opinión pública republicana basada en los sentimientos y la retórica, y no en el desarrollo de principios democráticos reales. En la batalla ideológica de la Europa continental, la derecha ha preferido guerras civiles y dictaduras militares antes que el control del gobierno por los gobernados y la separación institucional de los poderes. Las izquierdas han sacrificado, como hicieron los jacobinos, las garantías constitucionales por la democracia social y el ideal de la igualdad. Y el consenso entre ambas, ha cristalizado en un régimen oligárquico carente de muchos de los principios democráticos fundamentales.

Si aceptamos que los cimientos mismos de los sistemas políticos europeos modernos se asientan sobre esta narrativa edulcorada; si aceptamos que nacieron de un proceso que evitó a toda costa entregar el poder real al ciudadano… ¿es posible que la auténtica revolución democrática en Europa no sea un evento heroico y romántico del pasado que debamos seguir celebrando cada 14 de julio con fuegos artificiales, sino una inmensa asignatura pendiente que aún está por suceder?

Sin opiniones libres, las elecciones libres y el sufragio universal no significan absolutamente nada. Entonces la pregunta es: ¿hay pluralismo real de opiniones en los medios hoy en día si no hay leyes antioligopolio? ¿No es equivalente la opinión única de la dictadura franquista a la opinión unánime consensuada por la pluralidad de facciones políticas que protagonizaron la Constitución y protagonizan hoy la vida política? ¿Sigue imperando la verdad oficial sobre la verdad de los hechos en la cabeza de la mayoría de los españoles como ocurrió el 15 de julio de 1791? ¿Somos súbditos modernos con libertades civiles sin libertad política real esperando a que un nuevo Napoleón o un nuevo gran partido de masas malintencionado y demagógico decida un mal día arrebatárnoslas tras unas elecciones como ocurrió en la República de Weimar? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo preferiremos la mentira de estado de las campañas electorales a la rendición de cuentas? ¿Cuándo asumirán los españoles la responsabilidad histórica de exigir una ruptura democrática y abrir un período constituyente real superando el miedo al vacío para blindar sus derechos frente a un cambio de gobierno?

Al igual que la reforma de una soberanía monárquica absoluta no pudo llevar al fin absoluto del Antiguo Régimen con la soberanía parlamentaria (haciendo que el poder cambiase de una sola mano a unas pocas), la Ley de Reforma Política de una dictadura no puede llevar al fin absoluto de los mecanismos institucionales de dicha dictadura que aún hoy nos atormentan.

Tal vez y solo tal vez, independientemente del resultado de un mundial de fútbol, los planos originales del edificio político siguen en blanco, esperando a que alguien, finalmente, se atreva a construirlos. Tal vez, sea en un futuro el resultado del juego favorable o no, unas reglas de juego más justas sigan pendientes. Tal vez, debamos dejar de mirar el marcador, el color de las equipaciones y qué equipo mete los goles. Ignorar las estadísticas de rendimiento, los relevos en el banquillo y las controversias de prensa rosa de los jugadores. Tal vez y solo tal vez, debamos dejar de discutir las jugadas polémicas. Parar el juego y señalar a los dueños del estadio que nunca pierden. E impugnar al árbitro para que no sea, ni pueda ser, ni hoy ni nunca, juez y parte en cada final de su propio partido…político, claro está.