La Junta Democrática de España no apoya ni apoyará a ningún partido ni candidato que concurra a las votaciones del Régimen, ni participará en ellas.
En un Estado de partidos no hay elecciones en sentido propio, sino votaciones entre listas confeccionadas por las cúpulas de los partidos. El votante no elige a su representante: ratifica una lista. El diputado no responde ante los electores de su distrito, sino ante quien lo colocó en ella. Y el Gobierno no nace de una elección separada, sino del reparto de escaños en ese mismo Parlamento, de modo que el poder que debería controlar al Ejecutivo depende de él. Sin representación y sin separación de poderes no hay control del poder. Y sin control del poder no hay democracia, por muchas votaciones que se celebren.
Por eso defendemos la ruptura democrática: la apertura de un periodo de libertad constituyente en el que sean los ciudadanos, y no los partidos estatales, quienes decidan la forma de su Estado y de su gobierno. Es la única vía hacia la democracia formal.
Precisamente por eso es necesario debatir cara a cara con las formaciones que dicen combatir «el régimen del 78». Su público es el mismo que el nuestro: los españoles decepcionados con el sistema. A ellos, las nuevas candidaturas les ofrecen otra oportunidad para confiar en el voto. Todas comparten un objetivo: atraer al abstencionista, al desencantado con la «vieja política», ofreciéndole una salida que lo mantiene dentro del sistema que dicen querer dinamitar.
El mecanismo es conocido. Surge la indignación, el descontento y la desafección. Aparece una fuerza política que promete cambiarlo todo desde las instituciones, y las esperanzas se concentran en sus líderes. Llegan después los escaños, los pactos y una nueva decepción. Cambian siglas y caras, pero el ciudadano sigue sin representación y sin control del poder.
UPyD, Ciudadanos y Podemos permiten examinar ese recorrido completo. SALF, Iustitia Europa o Aliança Catalana, y otras que vendrán, ofrecen hoy nuevas salidas electorales al descontento. Nuestra crítica no es a sus programas, sino a su premisa: que pueda transformarse el sistema desde dentro del propio sistema. Debemos disputarles la explicación del problema y la de su solución.
Llegados a este punto es esencial distinguir entre abstencionista y abstencionario. El primero deja de votar por cansancio o decepción, pero todavía espera encontrar un partido en el que confiar. Una nueva promesa puede devolverlo a las urnas. A ellos se dirigen los nuevos partidos.
El abstencionario, en cambio, ha comprendido que sustituir unas listas por otras no le dará representación ni control del poder. Su abstención es activa: consciente, argumentada y acompañada del compromiso de construir una alternativa desde la sociedad civil. Es, en el sentido que daba Antonio García-Trevijano a la palabra, un repúblico: no un partidario de una forma de Estado, sino un ciudadano que asume la cosa pública como asunto propio. Un repúblico no cae en los cantos de sirena de los nuevos partidos.
Ni la indignación ni la abstención pasiva producen libertad política. Nuestro trabajo consiste en convertir el descontento en conciencia política y en organización antes de que vuelva a alimentar otra candidatura. Tenemos que transformar abstencionistas en abstencionarios.
García-Trevijano lo dejó escrito en Teoría pura de la República. Las contestaciones parciales a la degeneración política de la partidocracia, «sin ser ni parecer revolucionarias, allanarán el camino a la libertad política». Y al oportunismo reformista que las canaliza, temeroso de la ruptura que implica la libertad política y por eso empeñado en pedir reformas de la Constitución, lo llamó, con ironía militar, nuestro «batallón de zapadores». Conviene entenderlo bien: su utilidad no está en lo que consiguen, sino en lo que hacen visible. Tres aspiraciones muy extendidas —cambiar la ley electoral, dar independencia a la Justicia y elegir de otro modo al presidente del Gobierno— contienen, según él, potencia corrosiva suficiente para que su fracaso haga evidente a todos que el Régimen partidocrático es constitucionalmente irreformable.
Es nuestra responsabilidad dirigirnos a los abstencionistas y ofrecerles una explicación de las causas de su indignación y una posibilidad de acción. La decepción no los convertirá en repúblicos, entender el origen de su indignación, sí.
Este esfuerzo será una contribución decisiva para la conquista de la hegemonía política en la sociedad civil. Queremos que la representación política, la separación de poderes y el control del poder sean criterios con los que los ciudadanos examinen cualquier promesa.
Eso exige debatir cara a cara: preguntar cómo van a superar las listas de partido, separar el Ejecutivo del Legislativo y lograr que quienes controlan el procedimiento acepten perder ese control. Debemos exponer sus respuestas al juicio público y, sobre todo, defender las nuestras.
Compartir una mesa no implica apoyar una candidatura ni coordinar acciones con ella. Significa confrontar públicamente dos alternativas: la ruptura frente a la promesa de reformar el Régimen desde dentro. La discrepancia debe ser explícita, para que quienes escuchan puedan conocer y contrastar lo que se les ofrece.
Queremos transformar el descontento en conciencia política y acción colectiva por la libertad. Queremos formar abstencionarios.
Antonio Alfaro