Quizás te haya ocurrido lo siguiente: en una conversación con un amigo, un familiar, tu pareja o un completo desconocido afirmas que «España no es una democracia». Dependiendo de la edad y de la ideología de tu interlocutor, la respuesta suele ser de indignación —«pero ¿cómo puedes decir eso?»— o de una apatía cómplice —«eso ya lo sabíamos… ¿y qué más da?»—. Casi nunca de curiosidad sincera.
Entonces intentas explicar por qué lo dices. No hacen falta más de un par de minutos para que hayas puesto sobre la mesa media docena de términos que requieren, cada uno de ellos, una conversación aparte. Hablas de representación, separación de poderes, mandato, partidos políticos, elecciones… y, antes de darte cuenta, has perdido por completo a la otra persona.
Sales de la conversación con una duda incómoda. Quizás no te has explicado bien. Quizás la teoría es demasiado complicada. Quizás los argumentos que acabas de exponer no tienen el sentido que creías. O quizás el problema está en el otro. En el peor de los casos, resulta tentador recurrir a explicaciones mucho más sencillas: «Le han engañado con propaganda». «Es ignorante». «No está a mi nivel». Y así, lo que empezó como un intento de compartir una idea termina convirtiéndose en una pequeña derrota para todos. Tú te frustras y empiezas a distanciarte de esas ideas. Tu interlocutor se distancia de ti. Y, probablemente, cinco minutos después ambos continuáis con vuestra vida como si nada hubiera ocurrido.
Este tipo de experiencias son normales en cualquier intercambio de ideas. Nuestra razón, nuestra psicología y nuestro contexto social se combinan de maneras demasiado complejas como para que una conversación entre dos personas sea simplemente un intercambio limpio de argumentos. Pero hay algo particularmente difícil cuando intentamos explicar la Teoría Pura de la Democracia: no basta con conocer sus conceptos. Hay que saber qué problema intenta resolver y, sobre todo, cómo explicárselo a alguien que todavía no comparte ese punto de partida.
Puntualicemos algo importante: pese al uso habitual de la palabra, una teoría no es aquello que no es práctico. Una teoría es un conjunto de afirmaciones coherentes entre sí que pretende explicar algún conjunto de fenómenos del mundo real. Las teorías sirven para comprender, prever y evaluar nuestra comprensión de esos fenómenos y, por supuesto, deducir posibles soluciones a problemas relacionados con ellos.
Parece lógico que, para discutir una teoría, primero tengamos que estar de acuerdo sobre qué problema pretende resolver y qué observaciones toma como punto de partida. A continuación, expongo los puntos que considero fundamentales para entender la Teoría Pura de la Democracia de Antonio García-Trevijano [1].
Observaciones:
1.- El poder político es una creación y una relación estrictamente humana.
2.- Las acciones del ser humano buscan, en buena medida, maximizar su propio beneficio o satisfacción.
3.- Quienes ostentan el poder político disponen de recursos públicos —impuestos, cargos, distinciones— y, en última instancia, del monopolio legal de la violencia, que pueden utilizar para satisfacer sus propias ambiciones.
4.- El Régimen del 78 ha proporcionado numerosos ejemplos de corrupción, abuso de poder e incompetencia de su clase política, lo que permite cuestionar la existencia de mecanismos eficaces para proteger a quienes no tienen el poder político de quienes sí lo tienen.
Problemas:
1.- Si el Régimen del 78 se considera democrático y se afirma la existencia de soberanía nacional, ¿cómo se explica que los ciudadanos carezcan de mecanismos eficaces para controlar a quienes ejercen el poder?
2.- Si el régimen político actual no permite proteger eficazmente a los ciudadanos frente a sus gobernantes, ¿qué régimen político podría hacerlo?
En su obra, García-Trevijano identifica primero tres principios que, a lo largo de la historia del pensamiento político, se han propuesto como soluciones a este problema:
Principio representativo del poder: el ejercicio del poder requiere que la sociedad civil pueda nombrar representantes cuyo mandato sea representar sus intereses en el Estado.
Principio electivo del poder: solo debe obedecerse a quien la sociedad civil haya elegido y pueda deponer fácilmente.
Principio divisorio del poder: quienes ejercen las distintas funciones del Estado deben formar poderes y esferas de administración independientes que se vigilen entre sí.
A continuación, enumera una serie de requisitos que una sociedad políticamente organizada debe poder cumplir —aunque no los cumpla en el presente— para tener una forma de gobierno democrática:
Gobierno constitucional: el poder debe ejercerse a través de leyes y no de manera arbitraria.
Gobierno representativo: la sociedad civil debe ser capaz de nombrar representantes de sus intereses en el Estado.
Gobierno responsable: la clase política debe poder ser responsabilizada de sus acciones y, si es necesario, revocada o procesada legalmente por ellas.
Con estos principios y requisitos, García-Trevijano define la democracia como:
«Forma de gobierno constitucional, representativo y responsable, que una sociedad estatuye libremente como régimen del Estado, separando al poder ejecutivo del legislativo, asegurando la independencia de la autoridad judicial y estableciendo el derecho de apelación al pueblo en garantía institucional de su libertad política»*.
Una de las principales contribuciones de García-Trevijano al pensamiento político es el análisis del Estado de Partidos y su afirmación de que en él no se cumplen los requisitos de su Teoría Pura de la Democracia, resolviendo, al menos desde su punto de vista, el primer problema. Su argumento más importante es que la elección del gobierno mediante una votación parlamentaria impide la separación del poder legislativo del ejecutivo, y que las elecciones basadas en el sistema proporcional de listas no permiten la representación de los votantes, sino solo de los jefes de cada partido.
El segundo problema quedaría reducido a la siguiente cuestión: una vez definida la democracia y comprobado que esa definición no puede aplicarse al actual Estado de Partidos, ¿realmente la democracia evitaría que se diesen en España todos estos fenómenos de corrupción, opresión e incompetencia?
Conviene no precipitarse en la respuesta a esta pregunta. No debemos obviar que estamos preguntándonos acerca de un escenario hipotético y que, además, se ve afectado por muchos factores que no forman parte de la Teoría Pura de la Democracia por ser sencillamente imprevisibles. Si, además de dar un sí rotundo, cometemos el error de presentar la Democracia no como una solución civilizada al problema, sino como un dogma incuestionable por el que estaríamos dispuestos a realizar cualquier sacrificio, es normal transmitir irracionalidad a cualquier interlocutor (sin necesidad de realizar ningún juicio moral sobre esa postura).
Una versión más realista, tanto a nivel político como emocional, consistiría en afirmar, en primer lugar, que el régimen de poder actual ha demostrado no ser capaz de resolver el problema que planteamos y que el sentido común sugiere que es necesario un cambio. Que el contexto en el que se fraguó este régimen y las muy cuestionables razones por las que se trató de convencer a los españoles de que resolvería sus problemas políticos no deberían seguir condicionando a España cincuenta años después. Que la democracia solo resuelve un problema: el control del poder político por parte de la sociedad civil. Y que esa solución es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que cualquier otro problema político pueda ser resuelto de acuerdo con los intereses del pueblo.
Obviamente, quedan muchas cuestiones abiertas, dentro y fuera de la Teoría: desde su carácter no ideológico hasta el camino concreto para llevarla a la práctica. Y es normal. Como decíamos al principio, una teoría no es más que un intento de explicar lo que vemos y de imaginar cómo cambiarlo.
Teorizar, si se hace con honestidad, enseña humildad. Y la Teoría Pura de la Democracia enseña algo más: a plantear soluciones que se sobrepongan a nuestro propio egoísmo y apelen al conjunto de la sociedad civil, unida en lo único que de verdad la une: el interés por controlar el poder. Esa humildad y esa empatía son, al final, lo que conviene transmitir, antes incluso que la teoría misma.
*A esta definición, García-Trevijano ha añadido el requisito de que la democracia requiere para su implantación política de la libertad del pueblo para escoger su forma de gobierno. Un corolario de este requisito es la necesidad del derecho de apelación al pueblo en aquellos asuntos políticos que pongan en riesgo dicha libertad, incluso después de la implantación política de la democracia.
Referencias:
[1] Antonio García-Trevijano Forte, Teoría Pura de la Democracia, Editorial MCRC, 2016, p. 49.