El dogma de la transición

Un dogma es una proposición indiscutible e incuestionada que, sin ser un verdadero axioma, se acepta como tal. Todo régimen político necesita hegemonía para legitimarse, pues sin legitimidad no tendría más que la fuerza bruta para sostenerse. Y toda hegemonía cultural, toda cosmovisión legitimadora, requiere de ciertos dogmas para mantenerse. El indiscutido dogma de la transición es el que sustenta el régimen del 78.

Las autoridades del actual régimen hablan hasta el cansancio de las supuestas virtudes de nuestra llamada «monarquía parlamentaria», cuyo momento fundacional, la transición, elevan como el episodio de mayor iluminación y excelencia que ha vivido España en toda su historia.

Hablan de la transición como del más sublime ejemplo de fraternidad que ha habido nunca entre españoles: el momento en el que, dejando de lado todas las diferencias existentes, se llegó a un armonioso consenso con el fin de traer paz, convivencia, prosperidad y libertad a todo el pueblo español. La veneración al proceso es tal que no existe posibilidad de crítica en ningún medio de comunicación controlado por el Estado, ni hay ningún actor político que, como mínimo, no reconozca el importante papel que ha jugado la transición para sacarnos de la dictadura y llevarnos a la democracia. Los principales personajes de aquel momento han sido elevados a la categoría de héroes, padres de la patria y adalides de la libertad.

En contra del discurso oficial del régimen, es indiscutible que la transición es, sin ningún tipo de duda, el momento más vergonzoso e infame de la historia de España desde el Acuerdo del Pardo entre Cánovas y Sagasta. La transición no fue más que un pacto por el cual se traicionó la causa de la libertad y se perpetuó el régimen franquista. El pueblo español, a punto de conquistar su libertad política tras la muerte del dictador, se encontró ante la ambición de los líderes del PSOE y el PCE, que traicionaron al pueblo y pactaron con los herederos del dictador a fin de repartirse el poder.

El sistema de gobierno instaurado a partir de ese repugnante pacto es uno pensado para la corrupción y el vicio; para que un grupo reducido, aquellos que participaron en el pacto, pueda repartirse las mieles del gobierno y de las arcas públicas.

En el actual régimen se eleva a los traidores a la categoría de héroes. ¿Cómo puede alguien reconocer a un personajillo como Adolfo Suárez un papel positivo en esa historia? ¿Cómo se puede alabar a un corrupto degenerado como Juan Carlos I? ¿Cómo se puede pensar en Fraga Iribarne y no llenarse del odio más ciego? ¿Cómo es posible que esos franquistas, que durante años estuvieron al lado de Franco siendo cómplices de la opresión del pueblo, sean ahora considerados como quienes trajeron la democracia? Si estos personajes cambiaron, de la noche a la mañana, todo su parecer y empezaron a defender «la transición democrática», no fue por ideales, sino por interés particular en establecer un régimen continuista en el cual poder seguir parasitando.

Sin embargo, lo peor no son los franquistas, que de la noche a la mañana se convirtieron en defensores de esta falsa democracia, sino los demócratas, que, si alguna vez creyeron en la libertad, la traicionaron para pactar con los franquistas. Tanto Felipe González como Santiago Carrillo son, sin duda, los mayores responsables de que no hubiera habido ruptura. ¿De qué les hubiera servido a los franquistas disfrazarse de demócratas si la oposición hubiera seguido señalando las mentiras de los sucesores de Franco? Si el régimen perduró, fue precisamente porque los líderes de la oposición aceptaron participar en él, dando carta de legitimidad al franquismo. ¡Ha muerto el dictador! Ahora tocaba repartirse la custodia del poder que había quedado huérfano.

No hay que olvidarse de que quienes empujaron a Carrillo y a González a pactar con los franquistas fueron el imperialismo y las potencias extranjeras, pues, conocedoras de que un pueblo libre es muy difícil de subyugar, se empeñaron en imponer un corrupto régimen oligárquico que vendiera el país a los extranjeros. ¡Y así fue! ¡Tomad nuestras industrias, nuestras empresas, traed vuestra moneda, hacednos esclavos con vuestra usurera deuda! Y, sobre todo, ¡traed vuestras bases militares a nuestras tierras! No nos olvidemos de que los traidores de la transición no solo han traicionado la causa de la libertad y de la democracia, sino también la propia independencia nacional.

Para que caiga el régimen del 78, tiene que caer primero el dogma y el relato de la transición. Es por ello que debemos denunciar todos los días la gran mentira que sustenta el actual régimen: no hubo ruptura democrática, sino continuismo; no fue realizada por la acción popular, sino por las élites; no fue en pos de los intereses del pueblo, sino de las élites políticas, las grandes corporaciones mercantiles y las potencias extranjeras; no fue protagonizada por demócratas, sino por franquistas disfrazados y por traidores.

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