Las recientes elecciones en el Real Madrid me han llevado a una reflexión que va mucho más allá del fútbol. Resulta llamativo comprobar cómo muchas personas entienden perfectamente que, en un club deportivo, la legitimidad surge de las urnas y de la voluntad de los socios, pero parecen cuestionar ese mismo principio cuando se trata de la política y de la elección de quienes gobiernan un país.
En el fútbol, la idea parece sencilla: gana quien obtiene más apoyos. Los socios son los propietarios morales del club y, por tanto, quienes deben decidir su rumbo. Sin embargo, cuando trasladamos esa lógica al ámbito político, el debate se vuelve mucho más complejo y, en ocasiones, parece olvidarse que la soberanía debería residir igualmente en los ciudadanos.
Las elecciones también han vuelto a poner de manifiesto otra realidad: quien ostenta el poder suele tener capacidad para elegir el momento que más le favorece para convocar unas elecciones. Es una práctica que observamos tanto en las instituciones deportivas como en los Estados. La gestión del calendario electoral nunca es neutral y, en muchas ocasiones, forma parte de la propia estrategia de conservación del poder.
Uno de los argumentos que han surgido en torno al futuro del Real Madrid es el temor a una posible privatización del club. Desde posiciones críticas se ha señalado que, si el modelo de propiedad cambiara, los socios podrían perder parte de su capacidad de decisión. Más allá de si ese escenario llegará o no a producirse, la cuestión de fondo merece una reflexión.
Cuando un club deja de estar controlado por quienes sienten sus colores y pasa a depender de fondos de inversión o grandes magnates, existe el riesgo de que las decisiones dejen de estar orientadas por el sentimiento de pertenencia y comiencen a estar guiadas exclusivamente por la rentabilidad económica. El escudo deja de ser un símbolo de identidad para convertirse en un activo financiero.
Esta idea encuentra un paralelismo interesante con lo que ocurre en los Estados modernos cuando acumulan elevados niveles de deuda. Un país que necesita financiarse constantemente acaba dependiendo de quienes le prestan el dinero. Y cuando esa dependencia se vuelve excesiva, la capacidad de decisión soberana puede verse condicionada. Quien controla la financiación termina ejerciendo influencia sobre las decisiones económicas, e incluso políticas, de quien la recibe.
En España existe un ejemplo significativo. En 2011, mediante un acuerdo entre el Partido Popular y el Partido Socialista, se reformó el artículo 135 de la Constitución para introducir el principio de estabilidad presupuestaria y dar prioridad al pago de la deuda pública. Aquella decisión fue interpretada por muchos como una muestra de hasta qué punto los compromisos financieros pueden condicionar la acción política de un Estado.
Por eso surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando quienes toman las decisiones ya no son quienes aman la institución, sino quienes tienen intereses económicos sobre ella? En el Real Madrid podría llegar el día en que quienes decidan su futuro no sientan el color blanco ni la historia que representa su escudo, sino únicamente el atractivo de los beneficios que pueda generar.
El criterio sentimental sería sustituido por el criterio financiero. Y, de forma similar, cabe preguntarse hasta qué punto un país puede considerarse plenamente soberano cuando sus decisiones están condicionadas por acreedores, mercados o intereses externos. ¿Qué independencia real tiene una nación que no controla completamente los recursos necesarios para garantizar el bienestar de sus ciudadanos? La comparación entre un club de fútbol y un Estado tiene límites evidentes, pero ambos comparten una cuestión fundamental: quién debe tener la última palabra sobre su destino.
Termino esta reflexión con una idea sencilla. Tanto en un club como en un país, las decisiones más importantes deberían estar en manos de quienes verdaderamente forman parte de él, de quienes sienten como propio su presente y su futuro. De quienes aman unos colores, una historia y una identidad. Porque el día en que las decisiones las tomen exclusivamente quienes buscan rentabilidad, el escudo dejará de representar una pasión para convertirse en una mercancía. Y entonces ya no importará el blanco de la camiseta, sino el verde del dólar; no el sentimiento de pertenencia, sino el beneficio; no la voluntad de los socios o de los ciudadanos, sino los intereses de quienes poseen el poder económico. Porque la legitimidad no nace del dinero ni del poder, sino del compromiso con aquello que se pretende representar y proteger.