Núcleo Nacional y Falange: el fascismo es anacrónico

El crecimiento de grupos y partidos tercerposicionistas (fascistas, nacionalsocialistas y nacionalsindicalistas) ha sido notable en los últimos cinco años. Son, sin lugar a duda, los grandes vencedores del descontento que el Régimen del 78 ha provocado, por lo menos en lo relativo a la fuerza que estos grupos tenían hace unos pocos años. Su crecimiento ha sido especialmente relevante entre jóvenes varones, debido a la presencia que muchos de los personajes de estos grupos han adquirido en espacios mediáticos muy frecuentados por ellos. Los enfrentamientos con los repúblicos no se han hecho esperar: nuestras ideas son, en todos los sentidos, absolutamente incompatibles, pues frente a su corporativismo estatista, de corte totalitario, se levanta nuestra república constitucional, monádica y patriótica, de carácter popular, nacional y democrático.

Frente al avance de estos nuevos “opositores” al régimen, que rápidamente se han apropiado de gran parte de la terminología tan característica del pensamiento de García-Trevijano y que hasta hace unos años solo era utilizada por nosotros (como el constante uso erróneo del término “partidocracia”), debemos esclarecer una amplia multiplicidad de cuestiones.

En primer lugar, hemos de destacar que la confusión que generan es alarmante: en muchas ocasiones se refieren al Régimen del 78 como una partidocracia, pero simultáneamente presentan sus respectivos movimientos como una cruzada nacionalista contra las “democracias liberales” y contra la ideología liberal-posmoderna hegemónica en los países integrantes del Imperio Americano. El escaso y deficiente trabajo de sistematicidad filosófica y taxonómica que han realizado en los procesos de construcción de sus marcos ideológicos, así como su escasa erudición en derecho político, queda de esta forma patente. La partidocracia, que es una subcategoría englobada dentro de la forma de gobierno oligárquica, es absolutamente incompatible con la forma de gobierno democrática. No es más que otra muestra de la pobreza intelectual imperante en el debate político actual, y no es en absoluto exclusivo de partido político o ideología alguna. Al parecer, ya no hace falta conocer las obras de Aristóteles, Tomás de Aquino, Cicerón, Grocio, Bossuet, Bodin, Montesquieu, Constant o cualquier otro tratadista político clásico para atreverse, con la osadía propia de quien no enseña su rostro, a proponer una forma de Estado o de gobierno (si es que conocen siquiera la diferencia entre Estado y gobierno) alternativa para España.

En segundo lugar, el resurgimiento repentino de este tipo de ideologías no es más que un movimiento estético y nostálgico en unos tiempos en los que las condiciones materiales de la sociedad han cambiado drásticamente. El fascismo (donde, por razones prácticas, englobaremos de forma poco precisa el conjunto de las ideologías tercerposicionistas), al igual que el comunismo, es un movimiento ideológico propio del siglo XX, que únicamente puede comprenderse en su plenitud dentro de dicho contexto histórico. Los movimientos fascistas de aquella época, expresados de formas tan diversas en diferentes países que englobarlos a todos en un mismo marco sería tan absurdo como referirse al “movimiento obrero” y pretender que, por ejemplo, el comunismo libertario y el comunismo marxista son una misma cosa, tuvieron el elemento común de constituir una vía alternativa a la revolución obrera que las organizaciones de la Tercera Internacional bolchevique promovían.

En vez de la lucha de clases, propusieron la idea de la conciliación nacional de todos los sectores económicos en un Estado corporativo y totalizador. En España, donde los ideólogos de las JONS (Redondo y Ledesma) vieron en el comunismo libertario de la CNT el único movimiento político genuinamente español, plantearon la cuestión desde el sindicato, a través del cual se expresaba tanto el anarquismo obrero como el agrario (un sindicato que, por su parte, estaba desarraigado de todo tipo de sujeción a su base y estrictamente verticalizado dentro del Estado).

En Europa, la base que impulsó el fascismo fueron, principalmente, los veteranos de la Gran Guerra, que veían en la lucha de clases la destrucción absoluta de todas las razones por las que pocos años antes habían sufrido en el frente, con la excepción del caso ruso, donde el ejército imperial del zar se volcó, en contra del deseo general de la sociedad rusa, mayoritariamente eserita o socialrevolucionaria (forma en la que se referían a los socialdemócratas), a favor del partido de Lenin. En España, por otro lado, el núcleo inicial de la Falange lo formaron nostálgicos del régimen de Primo de Rivera y, sobre todo, estudiantes universitarios burgueses contrarios tanto al comunismo como a los abusos de los industriales y terratenientes provinciales.

No obstante, el fascismo deja de tener lógica a partir del momento en que no existen movimientos revolucionarios obreros ni lucha de clases. Las clases económicas ya están conciliadas dentro de los esperpénticos regímenes liberales y partidocráticos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El único problema social real que les ha servido como base para su crecimiento es la amenaza de una sustitución poblacional en lo referente a la cuestión migratoria. No obstante, es dudoso que, a partir de entonces, podamos seguir hablando de fascismo, nacionalsindicalismo o nacionalsocialismo. Del mismo modo que ya no se puede llamar comunistas a los personajillos posmodernos y liberales que han promovido, en la última década, la ideología de género. Ya no existe el mismo foco, ni las mismas razones, ni la misma esencia. Lo único que queda es la estética y la reivindicación histórica de movimientos que, a causa del desarrollo histórico, es imposible que vuelvan a darse de la misma forma.

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