La lucha política, librada supuestamente por las diferentes facciones estatales en eterna pugna, se fundamenta hoy en un dantesco circo que sirve de entretenimiento a las masas de la misma forma que los desechos de la granja sirven de alimento para los cerdos. Somos testigos de cómo el pueblo español se encuentra totalmente anestesiado mientras contempla el constante y ficticio enfrentamiento mediático.
Resulta tan desalentador como desconcertante observar cómo todo un país se sumerge completamente en disputas tan infantiles, estériles y mundanas. Han convertido las absurdas riñas de Vito Quiles con Sarah Santaolaya o Antonio Maestre en el principal foco del debate político nacional.
¡Pan y circo para los pobres! ¡Riquezas y lujuria para la clase política!
No se trata de que los españoles estén dotados, como comunidad nacional, de características intrínsecas especiales que les impidan ejercer sus facultades mentales con más profundidad. Han arrebatado a los ciudadanos toda oportunidad de desarrollo intelectual y moral sincero y honesto; los han desprovisto de todo ejemplo de virtud cívica que les pudiera inspirar y elevar su vida pública a estadios superiores de sofisticación. El pueblo es víctima de un sistema que lo acostumbra a la inmoralidad y a la frivolidad pública, de forma que no tenga el ánimo de exigir nada más allá.
Mientras que el Régimen del 78 mantiene al pueblo entretenido con el indignante espectáculo que sus principales bufones protagonizan en las redes sociales, venden nuestro país y los intereses de las clases populares a potencias extranjeras y al capital financiero. Esconden las putrefactas mentiras del Estado de Partidos y de esta falsa democracia bajo el manto de la última interacción entre Vito Quiles y Gabriel Rufián, el último zasca en el pleno del Congreso de los Diputados o las últimas declaraciones hilarantes del personaje trastornado de turno. Tiene más trascendencia mediática el huevo con el que Ndongo defendió a Rubiales que la situación de los sectores profesionales básicos de nuestra economía o las condiciones materiales a las que tienen sometida a la clase gobernada.
Nuestro deber como repúblicos, como revolucionarios que buscan la conquista de la Libertad Política Colectiva y la conquista del Estado por parte del pueblo, es ignorar todas estas maniobras distractoras del Régimen para hacer verdadera agitación política contra nuestros auténticos enemigos.
En nuestra mira política no debe caber otra cosa que no sea la futura implantación de la República Constitucional y el desarrollo del movimiento que nos dirige hacia ese noble y deseable fin. Nosotros debemos ser los virtuosos entre los corruptos, los justos entre los perjuros y los sabios entre los ignorantes. Nosotros debemos ser quienes demuestren que en los gobernados existe más dignidad que entre los que nos gobiernan. Que ningún repúblico se deje seducir por los absurdos debates a los que pretenden rebajarnos. La República Constitucional es un fin demasiado gratificante y elevado como para desviarnos lo más mínimo de ella.