La monarquía alauita, en vez de mostrar su agradecimiento a España por las enormes cantidades de donaciones pecuniarias que sucesivos gobiernos han proporcionado al gobierno marroquí (empleado posteriormente para el financiamiento de sus fuerzas armadas y la intensificación de su repugnante e ilegítima campaña en el Sáhara Occidental), se dedica de forma constante y sistemática a atentar contra nuestros intereses nacionales en el norte de África. Los incesantes ataques diplomáticos marroquíes (recibidos por las autoridades españolas con una pasividad indignante), las reclamaciones ante organismos internacionales de territorios españoles y explotación ilícita e ilegal de recursos presentes en las aguas territoriales de las Islas Canarias deberían ser razón suficiente para que cualquier ciudadano se sintiera herido en su dignidad nacional.
La mano negra que se encuentra detrás del imperialismo marroquí (que amenaza a todos sus países vecinos), es la misma que impone a nuestro pueblo un régimen tiránico y arbitrario que coarta nuestra libertad política. Estados Unidos, de la mano de Israel y del capital financiero occidental, controla como títeres los dos bandos en pugna en una misma disputa geopolítica. Lo más desalentador para nosotros es que el titiritero ya ha decidido a cuál de los dos lados va a otorgar la victoria, de modo que sus principales agentes en nuestro país, que hasta ahora se presentaban frente al pueblo español como los principales defensores de la integridad nacional frente a la agresión extranjera, doblan la rodilla públicamente para claudicar ante los enemigos más directos de nuestro país.
Abascal, que si bien era evidente (desde hace mucho tiempo) el bando por el que se decantaba por su constante servilismo hacia Israel y Estados Unidos, consuma públicamente su traición declarando que Marruecos es un país socio con el que debemos mantener buenas relaciones.
Es bien sabido que uno es de quien le paga, y Santiago Abascal, que es el siervo más fiel del Mossad y del ACOM en España, no ha tenido reparo alguno en mostrar que sobrepone intereses de lobbies y potencias extranjeras sobre las de su propio país. No obstante, el pueblo de España, la clase gobernada que durante décadas ha sido subyugada a los intereses de unos partidos oligárquicos, no se beneficiará de los cheques que el señor Abascal seguramente va a recibir del lobby sionista en España. El pueblo, tan mal gobernado por esta clase política hedionda y putrefacta, será el que pagará la traición del señor Abascal.
Pueblo de España, ¿acaso alguien cree todavía que gobierno y oposición son diferentes más allá de la forma de las mentiras que nos venden? ¿Hay alguien tan ingenuo que no se haya percatado de que todos obedecen a los mismos poderes extranjeros que ambicionan ver a la gente sencilla y trabajadora de este país sumida en la más miserable de las pobrezas? ¿Vamos a permitir que la mafia oligárquica y criminal que constituye el Estado de Partidos determine nuestro futuro como pueblo y comunidad?
Decía Machado que los señoritos, aun invocándola, venden a la patria, mientras que es el pueblo quien la compra con su sangre. No dudéis de que los únicos perjudicados de toda esta confabulación vamos a ser nosotros y nuestros hijos. No caigáis en la ingenua ensoñación de creer que algún político del régimen monárquico del 78 va a actuar políticamente en nuestro beneficio. Frente a nosotros, la masa desorganizada del pueblo, se encuentran enemigos tan imponentes como la monarquía marroquí, el Estado de Israel, el Imperio de los Estados Unidos, las corporaciones económicas occidentales y nuestra propia clase gobernante. No obstante, seguimos siendo más de 40 millones de individuos que, si unen fuerzas, tienen la capacidad de sobreponerse a cualquier rival que se les enfrente. Para ello solo debemos organizarnos. Solo podemos tener esperanza de un porvenir digno si nosotros mismos constituimos nuestro propio Estado, encarnado en una República Constitucional donde impere sobre todo la Libertad Política Colectiva.
Pueblo de España, son ellos o nosotros, el pueblo o la partidocracia, los gobernantes o los gobernados. La revolución política contra todas estas fuerzas que nos oprimen es la principal tarea de los repúblicos. Dicha revolución, por su parte, no puede llevar a otra cosa que no sea a la instauración de dicha República Constitucional, construida por el pueblo para servir al pueblo.